
La muerte es el eclipse de la vanidad que para algunos significa la vida.
Vanidad que se extiende como un tejido putrefacto de colores ficticios que oculta el verdadero tesoro que es la vida.
Hay hombres que mueren pero sus almas perviven en el aire.
Otros creen vivir pero sólo pululan con el alma en agonía perpetua y rostros de epitafio que busca desesperadamente un nicho que lo cobije.
La muerte se alimenta de la vida. La vida necesita del aliento negro de la muerte para latir.
¿Qué sería de una sin la otra?
Ambas conviven a lo lejos en extraña comunión. Pero están unidas por un puente en el que en un extremo se oyen suspiros que callan y en el otro voces que suenan a regocijo.
Se parecen en más: Nadie pide nacer, nadie pide morir.
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