
Mis discursos son del tamaño de la eternidad.
En el escenario, siento cómo las brasas consumen mis cimientos alfabéticos.
En lugar de seres humanos veo ratas feroces y pirañas listas para devorarme.
Mientras intento hablar las cisuras de mi cerebro se manchan con la tinta de las palabras que se disuelven a medio camino.
Los titubeos de mis frases agrietan mi lenguaje corporal y la memoria desleal se clava en mi frente.
Palpo con los ojos las llamaradas de la multitud silente y murmurante.
Algún día cantaré de cara al fuego vehemente que aviva mi pánico.
2 comentarios:
Tener al temor como consejero de importantes decisiones es peligroso, pero un ligero rubor en las mejillas frente a un comentario ligero, puede ser hasta dulce..¿cuál es el grado de tu timidez?
Como los males crónicos, solo me resta controlar mi timidez, pues supongo que me acompañará toda la vida. Con los años he logrado saltar muchas vallas que me impedían actuar. La cosa se sale de control frente a la masa. Mi pánico escénico es una cuenta aún por saldar.
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